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Fuego, memoria y recetario catalán vivo

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Mantis: la cocina catalana que se atreve a viajar hasta Hong Kong

Cuando Condé Nast Traveler despacha un "gimmick-free" sobre un local de fusión asiática-catalana, me chirría.

Mantis: la cocina catalana que se atreve a viajar hasta Hong Kong

Porque "sin gimmicks" y "wonton de carbonara" en la misma frase suele ser, cuanto menos, contradictorio. Y, sin embargo, ahí están: los chefs Toni, David y Cristina han montado en Mantis una propuesta que, según la crítica estadounidense, aguanta el tipo.

El juego de los tres chefs

Que sean ellos mismos quienes pasen por mesa ya me dice algo. En una escena donde el maître y el cocinero viven en galaxias opuestas, aquí el que te sirve también se ha quemado con tu fricandó. Eso, en rotación de personal y de escandallo emocional, tiene su punto: se acabaron las notas en pósits y el ticket sale como tiene que salir.

La sala es austera, casi de bistronomía honesta: dos filas de mesas para dos o cuatro —íntimas, casi de ligue— y los counters frente a los fogones al fondo del local, esos sí, priorizados para el tasting menu. Si vas a la carta, pide uno igual: vale la pena ver a los chefs en faena, con la espátula en la mano y la bromita en la boca.

Qué pedir (y qué no)

Dos hits confirmados sobre la barra. El fricanwok —el fricandó de toda la vida con shiitakes salteados y una demi-glace reducida durante tres días, un chup-chup de manual— y el wonton a la carbonara asiática, base frita con papada ibérica, carbonara cremosa y X.O. casero por encima. Si esto te suena a aquí-y-ahora-de-Barna, es porque lo es: producto de proximidad con pasaporte de ida y vuelta a Hong Kong.

La escudella, esa sopa de Navidad que en casa de mi abuela se servía en olla de barro, aquí la reinventan como dumpling líquido. Aviso: si eres de los que defienden la tradición con el pecho, te va a doler. Si no, pruébalo antes de juzgar, que en hostelería la memoria también se reconstruye a mordiscos.

El tasting menu de 10 pasos ronda los 70 euros —ticket medio agresivo para lo que se mueve en esa franja—. La bodega, ojo: solo un 15% de los vinos son tradicionales; el resto cae en el espectro low intervention. El sumiller Albert Torrellas, según la pieza, lo tiene claro: sirve lo que le gusta, sin purismos. Eso, en barra, es música.

El veredicto

¿Merece la cola? Si vas buscando el recetario catalán de siempre, no —y nadie te va a engañar con la foto del suquet de la abuela. Si vas a comer con la cabeza abierta y dejarte llevar por una cocina de proximidad pasada por el wok, apunta. Y pide sitio en la barra, que es donde se ven las costuras —y las ganas— de Mantis.